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martes, 11 de noviembre de 2014

¿Un gesto de cortesía o coqueteo político?



Más allá del episodio, rescato de la nota -publicada en el diario La Nación- la siguiente frase: "...si algo protege la censura del gigante asiático, es la imagen y la vida personal de sus líderes". Así lo demuestra el comentario de los asesores hacia la Primera Dama, quienes actúan inmediatamente salvando su falta de previsión.

Proteger la imagen propia y del entorno tanto como la vida personal y, más aun, la vida íntima, debería ser prioritario en toda persona que se vincule a la política en cualquier punto del mundo.

La sociedad internacional ha sido y es protagonista de importantes avances tecnológicos, sin embargo y penosamente, también lo es de la regresión moral instalada globalmente.

Confiemos en que no todo está perdido. Siempre he pensado que la historia de la humanidad es pendular y estoy convencida que luego de este período de decadencia, llegarán aires nuevos en rescate de los valores perdidos.


Por Edith Pardo San Martín

lunes, 6 de junio de 2011

Cuando el maestro aprende


Desde hace varios años imparto anualmente unos cursos breves para empleadas del hogar. Tienen la finalidad de brindar una capacitación básica a un grupo muy numeroso de mujeres que se desempeñan en casas de familias. Esta  actividad bien podría desarrollarse  en Madrid, en Londres, en Nueva York o en mi ciudad, donde siempre se encontrarán personas  con verdadera dedicación y esfuerzo, ansiosas de recibir una formación humana y profesional.

Una muy elogiable institución posee en Buenos Aires unas instalaciones en una zona muy poblada. Hasta allí acuden las alumnas con sacrificio. Quienes asisten a los cursos son mujeres que emplean parte de su descanso semanal para capacitarse. La primera vez que tuve frente a mí a un grupo de unas cincuenta empleadas me emocioné y se los dije con sinceridad. Quizá se sorprendieron con mis palabras de aliento a su profesión invalorable. Tomé ocasión para hablarles de protocolo, etiqueta y ceremonial. Busqué en las miradas una respuesta que llegó de inmediato y eso me ayudó enseguida a hablarles del saber estar.

Sé bien que mi intento no corresponde al protocolo y al ceremonial. Sin embargo es preciso introducirlas en un mundo que a veces les parece imposible de llegar. Sorpresa tras sorpresa fuimos pasando desde la mesa a la inglesa o a la francesa, a las presidencias, a las precedencias, a la cubertería y a todo aquello que se  pone de manifiesto en la vida cotidiana y, con más esplendor, cuando en la casa hay invitados. A ellos hay que proporcionarles calor, afecto. La atención exquisita la darán los dueños de casa y sus  empleadas.

Las voces del público no tardaron en llegar en forma de preguntas. Una seguía a la otra y si había comenzado emocionado, todas las inquietudes me llegaron hondo. “¿A quién debo acercar la fuente en primer lugar?”. “Si hay tres señoras, cómo procedo?” ¿“Qué formas hay para atender la mesa”? A veces respondí con otra  pregunta: “¿Cuántas personas trabajan junto con usted y cuántos comensales se sientan a la mesa?”. “Si la dueña de casa les pide algo diferente a lo que saben, ¿qué pueden decirle?”, “¿cuánto tiempo permanecen en la mesa los comensales que usted debe atender?”. “¿Qué detalles tienen cuando hay un cumpleaños?” Una advertencia afectuosa  fue para evitar roces con las dueñas de casa.

Parecería que en los tiempos actuales sería más conveniente utilizar un verbo diferente a servir. La palabra sería asistir a la mesa. Se dice servir a la patria, a la familia, a la profesión, a los propios intereses, al egoísmo, a la vanidad. Todos servimos y la profesión de empleada del hogar es tan importante como la que tenemos.

Si nos quedamos solamente en temas tan nimios como la cucharilla o el muletón que cubre la mesa, podemos olvidar que la empleada  desarrolla una tarea impresionante en el hogar. De ella dependen muchas veces el cuidado de la casa, la atención de los niños, la elaboración de las comidas, la limpieza y todo aquello que ayuda a mantener un clima de orden, de armonía, de buen gusto. Por eso, les  recordé  como singular la tarea que  tienen en sus manos. Ellas pueden mucho. Enseñan a una niña a utilizar una servilleta o a dejar los cubiertos de una manera correcta sobre el plato, animan  a que se pidan las cosas en la mesa por el conducto reglamentario, es decir por medio de quien hace cabeza. Son muchas las ocasiones y es imposible detenernos en ellas.

Todos cometemos errores y los mismos tienen que pasar inadvertidos. A veces, especialmente en la asistencia de la mesa, se producen algunos. Les recordé una anécdota. En una familia había invitados y uno de ellos tenía un régimen especial de comida. La dueña de casa olvidó comentar el lugar donde se ubicaría ese comensal. ¿Qué sucedió? Lo previsible y en el momento menos propicio. Como no sabía la empleada a quién acercar el plato con la dieta, se aproximó a su patrona y  le preguntó en voz baja: “Perdón ¿pero, cuál es el señor que no es normal?”. Son esas cosas  que no deberían ocurrir. Sucedió justo en el instante en que todos los de la mesa habían hecho silencio.

Es cierto que la virtud de la justicia y las normas jurídicas colaboran para que las empleadas del hogar reciban la remuneración justa y adecuada. También para que tengan horarios de acuerdo a sus obligaciones familiares como las personas que se desempeñan en otros ámbitos. Por eso alabo la inquietud de quienes promueven su capacitación y colaboran para que puedan asistir a cursos y a clases.

Aprendí mucho en las clases. Los conceptos que han colaborado en la redacción de esta nota no son inventados. Son de vita vissuta. Los escuché de labios de las participantes.  Por eso  escribí al principio “Cuando el maestro aprende”.
 
Por Esp. Roberto Sebastián Cava
Fuente "Revista Protocolo.com"

martes, 26 de octubre de 2010

Lecciones de cosas, Protocolo, Ceremonial y Etiqueta


Hace unos días tuve el honor de presentar el libro Lecciones de cosas. Protocolo, Ceremonial y Etiqueta, de quien fuera mi profesor y, ahora mi amigo y colega, Roberto Sebastián Cava.

En una tarde lluviosa y húmeda, típica de una Buenos Aires primaveral, nos reunimos en el salón de Larreburu Artes Gráficas de la avenida Quintana. Allí fuimos recibidos por Irene Larreburu y Roberto Rotondi, dos magníficos anfitriones ¿qué lugar mejor para presentar un libro de ceremonial? 

Rodeados de una atmósfera relajada y alegre con el perfume  propio del papel, las imágenes de una tarjetería elegante y de buen gusto y la compañía de colegas y amigos del autor, compartimos una presentación en la que el espíritu del ceremonial -si se me permite esta metáfora- sobrevolaba el acogedor salón.

Como dije, presenté el libro de Roberto, mi amigo y profesor. Debo reconocer que cuando me propuso esta tarea, aún invadida por la sorpresa acepté inmediatamente. No es común que quien fuera nuestro profesor, nos pida que presentemos una obra de su autoría. 

Sin embargo, no me resultó difícil preparar mis palabras, pues con Roberto Sebastián Cava, además de una amistad, compartimos el amor por el Protocolo y el Ceremonial, por la música, por la docencia y el honor de la amistad que nos ha brindado nuestro maestro, el Dr. Felio Vilarrubias Solanes.


Recordé un escrito del Beato John Henry Newman, que había llegado a mis manos en algún momento de mi carrera, del cual rescaté un párrafo que leí aquella tarde y aquí lo transcribo: "...Es casi una definición de caballero decir que "es uno de esos hombres que nunca causan dolor". Esta definición es tan refinada como certera. El caballero perfecto, esquiva cuidadosamente cualquier cosa que pueda causar una sacudida -todo choque de opinión o colisión de sentimientos, toda restricción o prohibición, o sospecha, o resentimiento- y trata con gran empeño que todos se sientan cómodos como en su propia casa. Un caballero conoce la debilidad de la razón humana tan bien como a su fortaleza". Así es Roberto.

La obra

A menudo puedo comprobar que reina un desconocimiento y, por qué no, a veces cierta desaprensión por cultivar la Cortesía, la Humildad, la Paciencia y otras tantas virtudes que -de reconocerlas- nos facilitarían enormemente nuestra vida de relación.

Por tal, quienes abrazamos esta profesión tenemos como misión el hacer nuestro aporte para que la semilla de mostaza se convierta en árbol...

Esta obra cumple con esa misión. Este libro de muy amena, fácil lectura y comprensión -lo que no quiere significar que sea pasatista-, invita a viajar al pasado para volver al presente y darnos cuenta que lo aprendido en el seno familiar sigue vigente, que es nuestro anclaje en este mundo convulsionado por múltiples situaciones.  

Es un libro que, mediante artículos breves, aporta soluciones prácticas y sencillas. No es un manual, tampoco ha querido serlo, pero aún así, nos enseña ya que contiene conceptos muy profundos que dejan huella y nos alimentan el alma. 

por Edith Pardo San Martín