Mostrando entradas con la etiqueta servicio de mesa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta servicio de mesa. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de marzo de 2012

Curiosidades gastronómicas - El loco inventor de la palabra gastronomía: Grimod de la Reynière


Extravagante desde donde se lo mire, indagamos en la vida de uno de los pilares y principal referente de la crítica culinaria moderna. 

 
Persona y personaje

Nuestro hombre se llamaba Alexandre Balthasar Grimod de la Reynière, pero pasó a la posteridad con el nombre con que firmaba sus Almanaques Gastronómicos, que casi todos los expertos coinciden en considerar que se trata de los primeros escritos que contienen una crítica gastronómica tal como la conocemos en la actualidad.

Nació persona y personaje a la vez, porque al nacer sin sus manos -nunca se pudo aclarar si fue un defecto de nacimiento, o un accidente en su primera infancia- su padre encarga a Suiza un mecanismo que termina siendo como un par de pinzas que le permitían a su hijo el tomar objetos sin reparar en su discapacidad.

Siempre despreció de manera pública y notoria a su señora madre. La dama eligió ignorar que había tenido un hijo con tales defectos, optando por no verlo nunca, y el hijo, cuando llegó a la edad apropiada no tuvo mejor idea que imaginar para su madre las profesiones más atroces que su mente pudiera concebir. Decirle al mundo que se trataba de una maritornes de baja reputación, casi se podría decir que fue un elogio, comparado con otras lindezas que saldrían de su boca y de su pluma.

Quizás este agrio panorama inicial, fue el que lo volcó a la ironía más ácida y a un cinismo casi cruel. O sin "casi", dependiendo de su crítica. Lo que hizo que no pocos pensaran que sus formas de conducirse, sus extravagancias, realizadas con cierto señorío, anticiparon la época en la que reinaría el Beau Brummell, prototipo universal del dandismo. En medio de una sociedad que se vestía con los colorinches más atrevidos, por ejemplo, él eligió que su indumentaria nunca se apartara del negro y el blanco.

Usaba pelucas gigantes, lo que hizo que un día en el teatro, un caballero sentado detrás de él, abriera una suerte de "ventana" en el pelambre para poder ver la obra. Cuando nuestro hombre advirtió el desaguisado, increpó al insolente, quien tras disculparse, entabló con esta extravagante figura, una amistad de por vida.
 
Y una más: como sus pinzas le dificultaban quitarse el sombrero para saludar, volvió a pergeñar otro ingenio mecánico que hacía que se levantara discretamente al momento de accionarlo. Persona y personaje, sin duda, que daría a su vida un sentido teatral, que habría de bordear el oprobio permanentemente.

La rusa o la francesa

Los banquetes que organizaba fueron pioneros en la adopción del sistema "a la rusa" de servicio, como contraposición del habitual "a la francesa". El ruso tenía la particularidad del servicio plato a plato, con el cambio de platos y cubiertos con cada nuevo plato. El francés, consistía en poner todo lo que se iba a comer sobre la mesa de una vez y listo.

Este sistema francés tenía el enorme problema de que se servía lo frío y lo caliente, lo dulce y lo salado, todo junto. Los platos eran siempre los mismos, al igual que los cubiertos. De donde, lo que pudiera parecer una extravagancia en su época, en la nuestra tiene el mérito de mayor sentido común, al menos para buena parte de la cultura occidental.

Crítico teatral

Tenía veinte años cuando comienza a escribir magníficas y muy leídas críticas teatrales. Las publica inicialmente en el Journal des Théâtres, que finalmente desaparece, y entonces sigue publicando en el Journal Helvétique de Neuchâtel. Por fin, publica una obra completa sobre el tema que llamó Reflexiones sobre la decadencia del gusto dramático, la de los teatros en general y de la ciudad de Lyon en particular. Casi no hacía falta adentrarse en el texto para comprender plenamente el sentido de esta obra.

Lo gastronómico

Del teatro pasa a reflexionar sobre la escena gastronómica y la buena disposición a la cortesía que debe tener un gourmet. De su pluma surge la publicación periódica de El Almanaque de los gourmets en 1803, que se continuaría con el Manual de anfitriones en 1808. Este último es citado y le sirve de antecedentes al gran Billat-Savarin para escribir su Fisiología del gusto en 1825, que se olvida de citarlo.

Esta tendencia a hablar de gastronomía y no de gastrología o gastrosofía, fue porque broma va, broma viene, consideraba a la primera como parte del mundo del nomos, de las reglas. Todo en la gastronomía conduce a normas precisas contenidas en las recetas; como a normas precisas que se deben respetar en los banquetes y las comidas. 

El irrumpe en el mundo de la gastronomía participando en 1780 en La ilustre y voraz sociedad de los miércoles, con 17 participantes. Las tenidas son en el establecimiento conocido como Lebacque, y sus miembros se denominaban a sí mismos de acuerdo a las particularidades físicas que ostentaran. Uno que tenía una prominente papada se denominaba Señor Pavo. Al mismo Grimod, con el triste asunto de sus pinzas, se lo llamó Maese Cangrejo. 

Con la idea de "mirar la ciencia gastronómica como la primera y más alta de todas", funda al mismo tiempo La sociedad universal de los papamoscas que se reunía los días sábados. El número 17 vuelve a jugar un papel, porque aquí es obligatorio beber 17 tazas de café. El secretario de la sociedad distribuye cada tanto el azúcar necesario, salvo en el caso del primo de Grimod, que podía hacerlo cuando lo deseara, luego de haber recibido su autorización con la fórmula: "¡azucárese, primo!"

Los Almanaques

De estas comidas surgen sus críticas a los platos que van proponiendo distintos cocineros, platos que a la vez que eran probados, eran bautizados por los asistentes. De allí nacieron denominaciones como "arroz a la Condé; filetes de lenguado a la Crécy; arvejas a la francesa; alcauciles a la italiana.". A mí me queda claro que la Nouvelle Cuisine, el Gato Dumas no sé, abrevó en estas fuentes para sus poéticos menúes.

Se llegaron a realizar 465 comidas anuales, lógicamente financiadas por los dueños de restaurantes. Grimod introdujo la costumbre de no pagar por probar. Todo acontecía en el mismo año, 1783 en que nacía un gran, enorme cocinero: Antonin Carême.

Esos años todavía pertenecían al denominado Antiguo Régimen, por el que Grimod tenía poco aprecio, entonces saca otra obra: Reflexiones sobre el placer cuyo subtítulo reza: Cómo influye el teatro sobre las costumbres y el gusto.

En sus textos se ve el aprecio por las nuevas recetas y la innovación en la cocina. Llega a probar salchichón aderezado con una salsa de café y agua de colonia, sin destrozar a su creador. Se anticipa al pensamiento de Billat-Savarin: "Más vale encontrar una nueva receta que una estrella más en la Vía Láctea". Valora sobremanera el manejo de los tiempos y el fuego, al punto que nuestro contemporáneo Michel Onfray dirá: "La cocina es un arte del tiempo y de su dominio: Hefaistos, el amo del fuego, es pariente de Cronos, el padre del tiempo".

1801
 
Es la fecha en que se publica su obra fundamental a nuestros efectos: La gastronomía o el hombre del campo a la mesa. Como sucede con frecuencia en la actualidad, los primeros críticos o escritores gastronómicos son abogados. Es lo que tienen en común Berchoux, Grimod y Brillat, todos se siente llamados a normalizar la comida a través de sus escritos, siguiendo el llamado de sus profesiones originales. Es la Francia de los códigos napoleónicos: entre el 1800 y 1810 conocen la luz un código civil, otro de instrucción penal y por último el penal propiamente dicho.

Conclusión
 
Sus escritos en forma de crítica gastronómica, principalmente, le han dado la trascendencia que su autor deseó seguramente. Brillat-Savarin se cansó de copiarlo, en una época donde la propiedad intelectual no estaba para nada resguardada. Pero nadie le quitará a don Alexandre Balthazar Grimod de la Reynière, la gloria de su legado: llamar gastronomía.¡a la gastronomía! Y de haber dejado documentada meticulosamente lo que fuera la antesala de la que sería una época gloriosa de la cocina francesa. 

Extravagante desde donde se lo mire, indagamos en la vida de uno de los pilares y principal referente de la crítica culinaria moderna. 

Por Alejandro Maglione
Fuente: www.lanacion.com.ar
amaglione@lanacion.com.ar

lunes, 6 de junio de 2011

Cuando el maestro aprende


Desde hace varios años imparto anualmente unos cursos breves para empleadas del hogar. Tienen la finalidad de brindar una capacitación básica a un grupo muy numeroso de mujeres que se desempeñan en casas de familias. Esta  actividad bien podría desarrollarse  en Madrid, en Londres, en Nueva York o en mi ciudad, donde siempre se encontrarán personas  con verdadera dedicación y esfuerzo, ansiosas de recibir una formación humana y profesional.

Una muy elogiable institución posee en Buenos Aires unas instalaciones en una zona muy poblada. Hasta allí acuden las alumnas con sacrificio. Quienes asisten a los cursos son mujeres que emplean parte de su descanso semanal para capacitarse. La primera vez que tuve frente a mí a un grupo de unas cincuenta empleadas me emocioné y se los dije con sinceridad. Quizá se sorprendieron con mis palabras de aliento a su profesión invalorable. Tomé ocasión para hablarles de protocolo, etiqueta y ceremonial. Busqué en las miradas una respuesta que llegó de inmediato y eso me ayudó enseguida a hablarles del saber estar.

Sé bien que mi intento no corresponde al protocolo y al ceremonial. Sin embargo es preciso introducirlas en un mundo que a veces les parece imposible de llegar. Sorpresa tras sorpresa fuimos pasando desde la mesa a la inglesa o a la francesa, a las presidencias, a las precedencias, a la cubertería y a todo aquello que se  pone de manifiesto en la vida cotidiana y, con más esplendor, cuando en la casa hay invitados. A ellos hay que proporcionarles calor, afecto. La atención exquisita la darán los dueños de casa y sus  empleadas.

Las voces del público no tardaron en llegar en forma de preguntas. Una seguía a la otra y si había comenzado emocionado, todas las inquietudes me llegaron hondo. “¿A quién debo acercar la fuente en primer lugar?”. “Si hay tres señoras, cómo procedo?” ¿“Qué formas hay para atender la mesa”? A veces respondí con otra  pregunta: “¿Cuántas personas trabajan junto con usted y cuántos comensales se sientan a la mesa?”. “Si la dueña de casa les pide algo diferente a lo que saben, ¿qué pueden decirle?”, “¿cuánto tiempo permanecen en la mesa los comensales que usted debe atender?”. “¿Qué detalles tienen cuando hay un cumpleaños?” Una advertencia afectuosa  fue para evitar roces con las dueñas de casa.

Parecería que en los tiempos actuales sería más conveniente utilizar un verbo diferente a servir. La palabra sería asistir a la mesa. Se dice servir a la patria, a la familia, a la profesión, a los propios intereses, al egoísmo, a la vanidad. Todos servimos y la profesión de empleada del hogar es tan importante como la que tenemos.

Si nos quedamos solamente en temas tan nimios como la cucharilla o el muletón que cubre la mesa, podemos olvidar que la empleada  desarrolla una tarea impresionante en el hogar. De ella dependen muchas veces el cuidado de la casa, la atención de los niños, la elaboración de las comidas, la limpieza y todo aquello que ayuda a mantener un clima de orden, de armonía, de buen gusto. Por eso, les  recordé  como singular la tarea que  tienen en sus manos. Ellas pueden mucho. Enseñan a una niña a utilizar una servilleta o a dejar los cubiertos de una manera correcta sobre el plato, animan  a que se pidan las cosas en la mesa por el conducto reglamentario, es decir por medio de quien hace cabeza. Son muchas las ocasiones y es imposible detenernos en ellas.

Todos cometemos errores y los mismos tienen que pasar inadvertidos. A veces, especialmente en la asistencia de la mesa, se producen algunos. Les recordé una anécdota. En una familia había invitados y uno de ellos tenía un régimen especial de comida. La dueña de casa olvidó comentar el lugar donde se ubicaría ese comensal. ¿Qué sucedió? Lo previsible y en el momento menos propicio. Como no sabía la empleada a quién acercar el plato con la dieta, se aproximó a su patrona y  le preguntó en voz baja: “Perdón ¿pero, cuál es el señor que no es normal?”. Son esas cosas  que no deberían ocurrir. Sucedió justo en el instante en que todos los de la mesa habían hecho silencio.

Es cierto que la virtud de la justicia y las normas jurídicas colaboran para que las empleadas del hogar reciban la remuneración justa y adecuada. También para que tengan horarios de acuerdo a sus obligaciones familiares como las personas que se desempeñan en otros ámbitos. Por eso alabo la inquietud de quienes promueven su capacitación y colaboran para que puedan asistir a cursos y a clases.

Aprendí mucho en las clases. Los conceptos que han colaborado en la redacción de esta nota no son inventados. Son de vita vissuta. Los escuché de labios de las participantes.  Por eso  escribí al principio “Cuando el maestro aprende”.
 
Por Esp. Roberto Sebastián Cava
Fuente "Revista Protocolo.com"